19/11/2019

“El móvil ha cambiado el amor, el sexo y la libido

El iPhone es la nueva pareja fiel con la que acostarse y dejarse acariciar constantemente. Ya casi no hay familias: solo individuos atribulados en sobrevivir”.

Ubieto exportat

Ni las relaciones personales, ni las familiares, ni el sexo, ni siquiera el amor son lo que eran antes de que los seres humanos viviéramos hiperconectados a las redes a través de nuestros móviles y tabletas. El psicoanalista clínico y profesor de la UOC José Ramón Ubieto lo analiza en su nuevo libro Del padre al iPad (ediciones NED), toda una invitación a reflexionar.

Alguien secuestra a la duquesa de Beaumont y, a cambio de su vida, exige que el primer ministro tenga relaciones con una cerda. ¿Por qué abre usted el libro con ‘Black Mirror’?

Esta serie es un spoiler de nuestras vidas. Ese episodio anuncia que el espectáculo voyeurista de los reality une hoy más a las familias que los ideales colectivos que encarnaría el primer ministro, obligado en esa ficción a entretener a su público que no puede dejar de mirar la pantalla.

“Ya casi no hay familias: solo individuos atribulados en sobrevivir.”

Vivimos en una sociedad de individuos obligados a ser felices y mostrarlo preferentemente en las redes sociales. Cada uno forma pareja con sus objetos y proyectos, lo que no elimina las familias pero invierte las prioridades.

La figura del padre tradicional también desaparece: la red sustituye su función.

El patriarcado está en crisis y no hay que lamentarse por ello. Su verticalidad y sus privilegios no eran gratis. Las mujeres y los niños lo pagaban con su subordinación y con abusos. Eso ha dado paso a otras versiones del padre más respetuosas y también a una mayor horizontalidad en los vínculos. La red, como paradigma de esa novedad, ha sustituido parte de las funciones de socialización, aprendizaje, iniciación sexual…

La soledad y los solitarios

Ya casi no hay familias: solo individuos atribulados en sobrevivir”

Pero la familia sigue siendo valorada como un refugio…

La familia sobrevive porque todos necesitamos que alguien concreto –no anónimo ni global– espere algo de nosotros, tenga un deseo particular por lo que hacemos o conseguiremos. Los likes pueden excitarnos puntualmente y hacernos soñar, pero para vivir y amar hacen falta lazos sólidos.

¿Por qué la socialización analógica es mejor que la digital?

Porque la presencia es necesaria para crear vínculos que permitan a niños y adolescentes cumplir con su deseo de hacerse mayores. Sin el cuerpo a cuerpo , el cara a cara, no es posible generar valores como el compromiso, la responsabilidad o la solidaridad.

Escribe que el matrimonio está en declive: la gente se casa más tarde, se separa más y eso supone que un tercio de los hijos no volverá a ver a su padre. ¿La culpa es del iPad?

El individualismo es una consecuencia de transformaciones profundas que vienen de lejos y que afectan aspectos íntimos y lógicas colectivas. Las funciones sociales y jurídicas del matrimonio hoy son otras y por eso la gente encuentra otras parejas fieles, como su iPhone, que los acompañan 24 horas al día, se dejan acariciar constantemente, se acuestan con ellos y se hacen fotos juntos en cualquier lugar.

Sustitución de funciones

El iPhone es la nueva pareja fiel con la que acostarse y dejarse acariciar constantemente”

Vamos, que el móvil ha cambiado el amor y el sexo.

Toda erótica es hija de su época y por eso en la historia hay versiones del amor tan diferentes como el amor cortés, el romanticismo o el actual sexo digital. La diferencia más notable es que hoy tenemos la ilusión de que podríamos equiparar sexo y amor degradando los vínculos a una práctica sin palabras. Por eso hoy es más subversivo una declaración de amor que un desnudo. Porque el amor –impensable sin el sentimiento de estar en falta– necesita palabras para hacerlo existir.

La red se lo traga todo, hasta la libido… Y triunfa el porno.

Un paciente me explicaba que lo mejor de su afición al porno era que al terminar no tenía que dar explicaciones y, además, él lo decidía todo: las características del partenaire, los ritmos y el final. Lo que no podía decidir solo era dejar de conectarse, ahí sí estaba atrapado. Por otra parte, el hartazgo del porno y del sexo virtual siempre llega y entonces nos queda el amor… por encontrar.

¿Qué problema hay en que nuestros deseos puedan colmarse de forma instantánea?

Pues que el deseo por definición se alimenta de lo que no tenemos y no hay objeto que lo agote. Cuando queremos saciarlo con un objeto detrás de otro, ocurre que el mismo deseo se revuelve y nos devuelve la insatisfacción para seguir vivo. Un deseo colmado es un deseo muerto.

Los seres hablantes gozamos con el cuerpo, no vivimos en el cielo de las ideas. Esa satisfacción se organiza –decía Freud– alrededor de bordes en el cuerpo, orificios que nos conectan a los objetos y al otro: voz, mirada, labios, genitales. Es alrededor de ellos como obtenemos el goce pulsional: mirando, escuchando, chupando, haciéndonos escuchar, dándonos a ver…

“Estamos menos solitarios pero no menos solos.”

Vivimos en medio de la multitud, virtual y real, en conexión non stop, sin los límites espacio-temporales, pero eso no nos ahorra la soledad, que a veces puede resultar dramática –cuando el otro no está como acompañante-. Otras, en cambio, es una soledad necesaria para reconciliarnos con nosotros mismos y dar un lugar al pensamiento y la invención, que siempre requieren de cierto silencio y de un vacío donde producir novedades.

Hay vida más allá de las redes sociales. ¿Sin ellas, también?

Como decía el Obispo Berkeley hace unos cuantos siglos, el ser es su representación, existimos porque alguien nos percibe y se apercibe de que estamos. En la era virtual con la proliferación de likes eso se exacerba, sin duda. Pero, efectivamente hay vida más allá y hay otras redes presenciales, de las que hablamos en el libro, que convocan a personas y familias para conversar cara a cara.

La expresión de los sentimientos

Equiparamos sexo y amor degradando los vínculos a una práctica sin palabra. Por eso es más subversivo una declaración de amor que un desnudo”

¿Por qué hoy nos vemos atrapados por el móvil?

La clave del smartphone es que reúne la voz y la mirada en un objeto portátil, lo bastante reducido como para llevarlo pegado al cuerpo. Son ya una prótesis. Los contenidos importan, pero importa más el tamaño, que quepa en el bolsillo y se hibride con el cuerpo. Por eso quitarlos es vivido a veces como una mutilación.

¿En qué momento deberíamos ponernos a dieta digital?

Cuando nos demos cuenta que ese uso nos está privando de otras cosas que nos gustan: pasear, conversar con amigos, leer, dormir, hacer deporte. El uso solitario de las pantallas puede provocar el síndrome del ‘burn-out’. Estamos entrando en una fase interesante de agotamiento digital: ya conocemos a muchos arrepentidos digitales.

Si como adultos no podemos controlarnos, ¿cómo vamos a convencer a nuestros hijos?

Los sermones sirven de poco. Cada cual, como adulto, tiene que revisar “sus conexiones” y si quieren transmitir a sus hijos que no todo empieza y acaba en los gadgets, si bien esos dispositivos son útiles y placenteros cuando se saben guardar las distancias.

Ni las relaciones personales, ni las familiares, ni el sexo, ni siquiera el amor son lo que eran antes de que los seres humanos viviéramos hiperconectados a las redes a través de nuestros móviles y tabletas. El psicoanalista clínico y profesor de la UOC José Ramón Ubieto lo analiza en su nuevo libro Del padre al iPad (ediciones NED), toda una invitación a reflexionar.

Alguien secuestra a la duquesa de Beaumont y, a cambio de su vida, exige que el primer ministro tenga relaciones con una cerda. ¿Por qué abre usted el libro con ‘Black Mirror’?

Esta serie es un spoiler de nuestras vidas. Ese episodio anuncia que el espectáculo voyeurista de los reality une hoy más a las familias que los ideales colectivos que encarnaría el primer ministro, obligado en esa ficción a entretener a su público que no puede dejar de mirar la pantalla.

“Ya casi no hay familias: solo individuos atribulados en sobrevivir.”

Vivimos en una sociedad de individuos obligados a ser felices y mostrarlo preferentemente en las redes sociales. Cada uno forma pareja con sus objetos y proyectos, lo que no elimina las familias pero invierte las prioridades.

La figura del padre tradicional también desaparece: la red sustituye su función.

El patriarcado está en crisis y no hay que lamentarse por ello. Su verticalidad y sus privilegios no eran gratis. Las mujeres y los niños lo pagaban con su subordinación y con abusos. Eso ha dado paso a otras versiones del padre más respetuosas y también a una mayor horizontalidad en los vínculos. La red, como paradigma de esa novedad, ha sustituido parte de las funciones de socialización, aprendizaje, iniciación sexual…

La soledad y los solitarios

Ya casi no hay familias: solo individuos atribulados en sobrevivir”

Pero la familia sigue siendo valorada como un refugio…

La familia sobrevive porque todos necesitamos que alguien concreto –no anónimo ni global– espere algo de nosotros, tenga un deseo particular por lo que hacemos o conseguiremos. Los likes pueden excitarnos puntualmente y hacernos soñar, pero para vivir y amar hacen falta lazos sólidos.

¿Por qué la socialización analógica es mejor que la digital?

Porque la presencia es necesaria para crear vínculos que permitan a niños y adolescentes cumplir con su deseo de hacerse mayores. Sin el cuerpo a cuerpo , el cara a cara, no es posible generar valores como el compromiso, la responsabilidad o la solidaridad.

Escribe que el matrimonio está en declive: la gente se casa más tarde, se separa más y eso supone que un tercio de los hijos no volverá a ver a su padre. ¿La culpa es del iPad?

El individualismo es una consecuencia de transformaciones profundas que vienen de lejos y que afectan aspectos íntimos y lógicas colectivas. Las funciones sociales y jurídicas del matrimonio hoy son otras y por eso la gente encuentra otras parejas fieles, como su iPhone, que los acompañan 24 horas al día, se dejan acariciar constantemente, se acuestan con ellos y se hacen fotos juntos en cualquier lugar.

Sustitución de funciones

El iPhone es la nueva pareja fiel con la que acostarse y dejarse acariciar constantemente”

Vamos, que el móvil ha cambiado el amor y el sexo.

Toda erótica es hija de su época y por eso en la historia hay versiones del amor tan diferentes como el amor cortés, el romanticismo o el actual sexo digital. La diferencia más notable es que hoy tenemos la ilusión de que podríamos equiparar sexo y amor degradando los vínculos a una práctica sin palabras. Por eso hoy es más subversivo una declaración de amor que un desnudo. Porque el amor –impensable sin el sentimiento de estar en falta– necesita palabras para hacerlo existir.

La red se lo traga todo, hasta la libido… Y triunfa el porno.

Un paciente me explicaba que lo mejor de su afición al porno era que al terminar no tenía que dar explicaciones y, además, él lo decidía todo: las características del partenaire, los ritmos y el final. Lo que no podía decidir solo era dejar de conectarse, ahí sí estaba atrapado. Por otra parte, el hartazgo del porno y del sexo virtual siempre llega y entonces nos queda el amor… por encontrar.

¿Qué problema hay en que nuestros deseos puedan colmarse de forma instantánea?

Pues que el deseo por definición se alimenta de lo que no tenemos y no hay objeto que lo agote. Cuando queremos saciarlo con un objeto detrás de otro, ocurre que el mismo deseo se revuelve y nos devuelve la insatisfacción para seguir vivo. Un deseo colmado es un deseo muerto.

(Getty Images/iStockphoto)

Háblenos de la satisfacción pulsional.

Los seres hablantes gozamos con el cuerpo, no vivimos en el cielo de las ideas. Esa satisfacción se organiza –decía Freud– alrededor de bordes en el cuerpo, orificios que nos conectan a los objetos y al otro: voz, mirada, labios, genitales. Es alrededor de ellos como obtenemos el goce pulsional: mirando, escuchando, chupando, haciéndonos escuchar, dándonos a ver…

“Estamos menos solitarios pero no menos solos.”

Vivimos en medio de la multitud, virtual y real, en conexión non stop, sin los límites espacio-temporales, pero eso no nos ahorra la soledad, que a veces puede resultar dramática –cuando el otro no está como acompañante-. Otras, en cambio, es una soledad necesaria para reconciliarnos con nosotros mismos y dar un lugar al pensamiento y la invención, que siempre requieren de cierto silencio y de un vacío donde producir novedades.

Hay vida más allá de las redes sociales. ¿Sin ellas, también?

Como decía el Obispo Berkeley hace unos cuantos siglos, el ser es su representación, existimos porque alguien nos percibe y se apercibe de que estamos. En la era virtual con la proliferación de likes eso se exacerba, sin duda. Pero, efectivamente hay vida más allá y hay otras redes presenciales, de las que hablamos en el libro, que convocan a personas y familias para conversar cara a cara.

La expresión de los sentimientos

Equiparamos sexo y amor degradando los vínculos a una práctica sin palabra. Por eso es más subversivo una declaración de amor que un desnudo”

¿Por qué hoy nos vemos atrapados por el móvil?

La clave del smartphone es que reúne la voz y la mirada en un objeto portátil, lo bastante reducido como para llevarlo pegado al cuerpo. Son ya una prótesis. Los contenidos importan, pero importa más el tamaño, que quepa en el bolsillo y se hibride con el cuerpo. Por eso quitarlos es vivido a veces como una mutilación.

¿En qué momento deberíamos ponernos a dieta digital?

Cuando nos demos cuenta que ese uso nos está privando de otras cosas que nos gustan: pasear, conversar con amigos, leer, dormir, hacer deporte. El uso solitario de las pantallas puede provocar el síndrome del ‘burn-out’. Estamos entrando en una fase interesante de agotamiento digital: ya conocemos a muchos arrepentidos digitales.

Si como adultos no podemos controlarnos, ¿cómo vamos a convencer a nuestros hijos?

Los sermones sirven de poco. Cada cual, como adulto, tiene que revisar “sus conexiones” y si quieren transmitir a sus hijos que no todo empieza y acaba en los gadgets, si bien esos dispositivos son útiles y placenteros cuando se saben guardar las distancias.

Agotamiento digital

El uso solitario de las pantallas puede provocar el síndrome del ‘burn-out’

Construimos un Otro digital, un otro yo de nosotros mismos en las redes, ¿nos perjudica?

El Otro digital es un interlocutor nuevo y no es ningún demonio. Más del 50% de las parejas hoy se gestan en apps de citas. Para muchos adolescentes, ese Otro les permite vínculos que sin él difícilmente tendrían a causa de su situación personal (enfermedades, inhibiciones, aislamiento). La cosa es no absolutizarlo y no renunciar a la presencia.

¿Instagram está creando un ‘voyeurismo universal’?

No se trata solo –que también- de voyeurismo, hay una búsqueda de reconocimiento en esa escena a través de la mirada de los otros. Con la dictadura de lo visible, hay que ir con cuidado

Entrevista publicada en La Vanguardia, hoy domingo 10 de noviembre