22/10/2019

EL REPARTIDOR»No volveré a caer en el fracaso»

El restaurante de L’Hospitalet forma a chicos de 14 a 25 años que han sido expulsados del sistema educativo

Rest. El Repartidor Exp 2+logo

Cristina Pérez cantó en la fiesta de fin de curso pasado un rap cañero que compuso ella misma: “¡Mírame! Los problemas los veo ahora tan pequeños…”.

Acaba de conseguir un título de cocina en una escuela de restauración de l’hospitalet de Llobregat después de muchos avatares que la llevaron a abandonar los estudios y volver a intentarlo en una escuela de segunda oportunidad. “¡Mírame! De siete vidas, me quedan tres”. En septiembre ha empezado un nuevo camino. “¡Mírame! Al fracaso seguro que no caeré…”

La alumna rapera, recién estrenada su mayoría de edad, terminó el pasado junio con un notable alto el curso de auxiliar en hostelería impartido por la Fundació El Llindar en el restaurante El Repartidor y cursa ahora un grado de Formación Profesional en cocina en una escuela ordinaria de la ciudad.

Con ello cierra la etapa de transición entre la ESO, que abandonó, y la FP que inicia este septiembre. En total, un periodo de tres años siguiendo diversos tipos de cursos en la escuela de segunda oportunidad de El Llindar.

El año pasado asistió a todas las clases. Nada que ver con cursos anteriores en los que aparecía y desaparecía por el aula como el Guadiana. “A veces me rayaba, no me podía levantar de la cama, quizás era la medicación”, se justifica.

Ante las ausencias, los tutores de El Llindar, en vez de abroncarla y decirle, como en los tres institutos anteriores a los que fue, que si no asistía a clase nunca llegaría a nada, le animaban. “Cuando puedas, te vienes”, le enviaban mensajes tranquilizadores a través del whatsapp. Y le ofrecían formaciones de modalidades distintas. “Creo que yo necesitaba un tiempo para encontrarme y sentirme respetada, y me lo dieron”, indica.

En contraste, recuerda su pasado con humillación. En el primer instituto al que fue le aprobaron el primero de la ESO con 11 materias suspendidas. “Claramente yo era un problema –afirma– y querían que me fuera del centro”. La sensación de exclusión se repitió en los otros institutos.

Al final, después de repetir dos cursos, se le cerraron las puertas. “Interioricé que no servía así que me rendí, me quedé en casa sin salir”. Pero su madre recogió la toalla y se la devolvió: “Me han hablado de una escuela que es especial…”.

Las escuelas de segunda oportunidad tienen puntos en común. Actúan con tiento, mimo, paciencia y atención. Dan espacio y tiempo para crecer. Escuchan las necesidades y los intereses que expresan los jóvenes. Personalizan el ritmo de la educación. Ofrecen muchas prácticas. Saben que ningún alumno irá por la autopista pero todos tendrán la oportunidad de llegar al destino por carreteras secundarias (en muchas ocasiones en itinerarios inventados por estos centros). Hay 39 escuelas de segunda oportunidad en España, 7 en Catalunya, incluido El Llindar con sede en Cornellà de Llobregat aunque gestiona la formación de restauración en la ciudad vecina, l’hospitalet.

En El Repartidor hay, en total, 65 alumnos, en turnos de mañana y tarde, que alternan formación en las aulas de la segunda planta con el trabajo en el local. Todos los estudiantes pasan por la cocina y por la sala de comedor en un primer curso y en el segundo año se especializan. Cristina optó por cocina.

En términos educativos, estudian lo que se denomina PFI, programas de formación e inserción pensados para jóvenes que han dejado los estudios y no trabajan. El Llindar puede ofrecer esta titulación gracias a que el espacio de El Repartidor se diseñó atendiendo a los nuevos requerimientos arquitectónicos de la Conselleria d’educació que hace tres años modificó la normativa. “Fue una sorpresa y perjudicó a los centros como el nuestro que en Cornellà imparte diferentes titulaciones y, ahora, no nos ajustamos a los nuevos requisitos”, apunta Begonya Gasch, directora de la Fundació El Llindar. El centro da, además de restauración en l’hospitalet, imagen personal, automoción, multimedia, comercio, logística, artes gráficas, informática en Cornellà. “Desde entonces, cada año abrimos la persiana sin saber si contaremos con los recursos suficientes para pagar a los profesores y atender a nuestros 414 alumnos”, lamenta Gasch.

Fran Belver, teniente de alcalde de l’hospitalet añade al debate: “atendemos a una población vulnerable, en escuelas, y déjeme subrayar la palabra e-s-c-u-e-l-a, y, sin embargo, no contamos con una financiación estable”. La financiación depende de ganar las convocatorias, las subvenciones anuales y de concursos públicos de la Generalitat (Programa de Nuevas Oportunidades de Departament d’educació, y Programa de Garantia Juvenil de Servei d’ocupació).

Lamentablemente los chicos como Cristina –y sus compañeros de El Repartidor como los que aparecen en la fotografía que ilustra este reportaje: David, Espe y Cheikhou– no son rara avis. En España, la tasa de abandono escolar es la más alta de Europa y se sitúa en el 18%. Se ceba especialmente en entornos desfavorecidos. El abandono entre la población inmigrante es cuatro de cada diez.

Detrás de cada “fracaso” hay historias de enfermedad mental, trastornos de aprendizaje, maltrato, bullying, dificultad con la lengua… y la consecuencia más común es la falta de autoestima. La mayoría de

El restaurante de l’hospitalet de Llobregat forma a chicos de 14 a 25 años que han sido expulsados del sistema educativo

los que dejan la escuela de forma temprana ha repetido curso con anterioridad. Se ven afectados por la manera en que está concebido el sistema educativo, el entorno escolar y las relaciones entre profesores y alumnos.

Para estos jóvenes, dejados en la cuneta de la educación, hay pocas oportunidades de regresar a la carretera principal y forjarse un futuro gracias a la formación.

“El abandono y el fracaso escolar abocan al desempleo, la exclusión social y la pobreza”, alerta la Unión Europea. Sin la ESO no los contrata ni el supermercado del barrio. Bruselas fijó el objetivo de reducir la tasa de abandono para los estados miembros por debajo del 10% para el año 2020. Parece difícil que España consiga reducir su ratio actual sin un gobierno formado pese a la voluntad de la ministra de Educación en funciones, Isabel Celaá, de apoyar medidas como el apoyo a las escuelas de segunda oportunidad.

El Ayuntamiento de Barcelona ha abierto este curso una escuela de estas características para 30 plazas. Si el plan funciona, el municipio quiere seguir desarrollando esta fórmula para atender al máximo número de los 17.000 jóvenes barceloneses entre 16 y 25 años que ni estudian ni buscan empleo. El centro estará cogestionado entre Els Salesians-sant Jordi y El Llindar.

La escuela de restauración de El Repartidor es un ejemplo de colaboración entre entidades públicas y privadas. El Ayuntamiento socialista –volcado en dar nuevas oportunidades a jóvenes vulnerables de diferentes formas como se ve en el recuadro– cedió el antiguo edificio de Correos y Telégrafos situado en la plaza de El Repartidor. “El municipio rehabilitó el edificio, datado en 1927, conservando los elementos arquitectónicos u ornamentales del patrimonio, como la fachada, las paredes de ladrillos, el suelo hidráulico o el león de la entrada”, explica el teniente de alcalde. La reforma costó 1,2 millones de euros.

La decoración interior estuvo a cargo del equipo de diseñadores del grupo Tragaluz, segundo agente imprescindible en el proyecto. Los profesionales de este grupo de restauración asesoran a El Llindar en el plan de estudios, revisan los menús y ofrecen sus restaurantes como centros de práctica. Finalmente, la Diputación de Barcelona y la entidad La Caixa apoyaron económicamente el proyecto.

El Repartidor abrió al público en el 2017. Atiende a vecinos, mayormente. También frecuenta el local la alcaldesa de la ciudad, Nuria Marín, actual presidenta de la Diputació de Barcelona. Su impacto como restaurante es notorio –es necesario reservar– y también lo es como escuela: 154 preinscripciones para tan solo 34 plazas de primer curso.

“Este centro es un bombón”, señala la directora de la Fundació El Llindar. Se refiere no solo al bello edificio cedido por el ayuntamiento y a la decoración de Tragaluz, también al esmero del resto de socios y a la profesionalidad de los maestros.

Cristina siente gratitud por todo lo aprendido estos años. Afronta este curso de FP con ilusión porque ha descubierto su destreza en la cocina. Pero no está exenta de temor pues no sabe si ella ha cambiado lo suficiente como para que lo profesores “no necesiten tener experiencia en alumnos complicados”, como recuerda que era ella. En todo caso, ha descubierto también su afición por el rap que no sabe adónde la llevará.

De hecho, el día de la fiesta de fin de curso de El Llindar en que cantó su repertorio musical, asistió, camuflado, un productor cultural entre compañeros y profesores. Tras la actuación, le ofreció un verano de bolos por España.

El éxito de El Repartidor y la reconversión de otros edificios emblemáticos para usos culturales ha animado al ayuntamiento de l’hospitalet a recuperar otro edificio histórico para abrir una escuela de peluquería con la firma Cebado. Por su parte, la calidad educativa de El Llindar (premio Blanquerna 2018) tanto en el restaurante como en otras formaciones atrae el doble de peticiones de matrículas que plazas disponibles. Lo dicho, son aves mucho más comunes de lo que parecen, deseosas de volar.

En general, estos alumnos son jóvenes que, según Gasch, aprecian ser reconocidos en su singularidad -“¡Mírame! ¡Mírame!”– y encontrar un espacio confiable para creer en sus propias capacidades –“Al fracaso seguro que no caeré”. A Cristina que, al parecer, ya perdió “cuatro vidas”, ha recuperado una doble esperanza, la cocina y el rap, para explorarlas en las tres que le quedan.

LA CANCIÓN El rap de Cristina Pérez recoge un halo de temor y esperanza común en los alumnos

LA ESCUELA El Ayuntamiento de l’hospitalet reformó el histórico edificio para el centro de formación

EL LLINDAR La escuela de segunda oportunidad imparte en el centro cursos de cocina y restauración

DAVID CHUMILLA Llegó a El Llindar hace 4 años, con 14 años, tras repetidas expulsiones. Estudió aula taller (un equivalente a Eso)hasta el curso pasado en que realizó un PFI de cocina. Quiere estudiar una FP en el 2020. ESPE CHACÓN Tenía 14 años cuando dejó su Jerez de la Frontera natal para vivir en Catalunya. No superó la ESO “por el catalán”. El Llindar le ha permitido “aprender trabajando”. Está estudiando en una escuela de adultos para obtener la ESO. CHEIKHOU OMAR A diferencia de sus compañeros, sus experiencias no estan vinculadas al fracaso escolar. Procedente de Senegal, aterrizó en Barcelona a los 16 años. Tras un año en la calle, Cáritas le dio alojamiento y El Llindar, formación.