04/06/2020

La semilla de los ‘esplais’

El Club Bellvitge, el primer centro de ocio educativo diario, cumple cincuenta años reflejando la transformación del barrio

Bellvitgeexportat

Niños jugando entre los grandes bloques de pisos del barrio de Bellvitge de l’hospitalet en los años ochenta

Los centros de ocio educativo, popularmente conocidos como esplais, son actualmente una pieza fundamental dentro de la formación de miles de niños catalanes. Pero su expansión no fue sencilla y, de hecho, sus orígenes son muy humildes. En estas fechas el Club d’esplai Bellvitge de l’hospitalet de Llobregat, el primero que ofreció servicio diario y no únicamente en fin de semana o para colonias de verano, celebra 50 años.

Este tipo de espacios se fueron extendiendo como una mancha de aceite. Fue entre las 10.000 viviendas repartidas en 77 grandes bloques de pisos construidos durante el franquismo, en poco más de una década en una zona inundable y carente de servicios, donde floreció la semilla de los esplais. Antes de aquel pelotazo urbanístico, en sus fértiles tierras se cultivaba agricultura de regadío.

“Nació por la preocupación elemental de ver a los niños en la calle entre hogueras, construcción, escombros y basura. El servicio diario era necesario”, recuerda el fundador de aquel esplai, Josep Gassó. “Nos faltaban medios, todo arrancó en un local que se inundaba cada dos por tres; también reconocimiento político, no había libertad de asociación y nos teníamos que vestir bajo el atuendo de la parroquia”, evoca Gassó, que por aquel entonces tenía tan solo 18 años y ahora es el presidente de la Fundació Catalana de l’esplai (Fundesplai). Él y su equipo de colaboradores fueron superando obstáculos. La recuperación de la democracia fue una oportunidad. “Estábamos al límite y el primer ayuntamiento democrático nos ayudó”, rememora Gassó. La lucha vecinal, que evitó la construcción de más bloques de pisos, también intervino. Y es que en un solar que se libró de la especulación se alzó el nuevo local en 1982, la llamada Caja Roja por el color de sus paredes. El Ayuntamiento cedió el solar por un plazo de 75 años y la Generalitat hizo una inversión de 81 millones de las antiguas pesetas. Fue el impulso que necesitaban para consolidarse y una “alegría para el barrio”, según el presidente de Fundesplai.

Tanto Bellvitge como su esplai han cambiado mucho desde entonces. “Ahora es uno de los mejores barrios de l’hospitalet”, opina Xavi Castellano, el actual director del centro. Lo cierto es que ahora tampoco hay tantos niños como antes. Allí conviven 24.842 personas y 4.294 -el 17,2%- tienen entre cero y 19 años. “En aquellos años el porcentaje era mucho más elevado”, cuenta Castellano. Así pues, el Club de Bellvitge también ha evolucionado y ahora es un centro que agrupa a niños y a no tan niños. Cursos de taichi, cocina, artesanía, informática con un punto Òmnia de lucha contra la brecha digital, ludoteca familiar que los pequeños disfrutan con sus padres, también actividades para adultos con discapacidad…, la oferta es amplia y para todos los públicos. “Nos adaptamos a las necesidades del barrio”, define el director. Bellvitge también es un punto de formación para nuevos monitores o mediadores con aulas homologadas. Con todo, pasan por allí unas 1.000 personas aproximadamente.

“El entorno sociocultural ha cambiado, pero los niños siguen siendo niños y con una buena excursión a la naturaleza son felices”, cree Josep Gassó. “Antes las quejas eran sobre la televisión y ahora sobre las tabletas pero el consumismo es el mismo”, insiste. Según el presidente de Fundesplai, lo que sí ha cambiado es el ocio educativo: “Ahora los monitores están mucho más formados. Hay voluntariado y profesionalización. Toda la planificación y la vertiente social está mucho más trabajada. Antes había mucha voluntad, pero no teníamos ni condiciones ni referentes. Se viajó a Francia para buscar modelos”, describe Gassó.

“El entorno sociocultural ha cambiado, pero los niños siguen siendo niños”, dice Josep Gassó, presidente de Fundesplai

Información publicada y editada por La Vanguardia en la edición del sábado 7 de diciembre de 2019