28/05/2020

Solos en la pandemia y en la hora final

Los bomberos rescataron los cadáveres de 62 ciudadanos que murieron sin compañía en Madrid durante la crisis sanitaria. Estas son las historias de algunos de ellos

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Fografía EL PAIS

Un reportaje publicado por EL PAIS:

Ana Conde habitó durante décadas un mundo al que ya no pertenecía. Pasaba los días completando sudokus en su viejo salón decorado con muebles de los años cincuenta. El televisor, siempre encendido, era el hilo musical de su solitaria existencia. Vestía una bata floreada de guatiné con la que hacia breves incursiones callejeras a la farmacia o al supermercado. Cuando el gas natural llegó a su edificio, fue la única vecina que no quiso instalarlo. La anciana se apañaba con una estufa de dos resistencias que conectaba a un enchufe pelado.

Si el abogado que gestionó la herencia tras la muerte de sus padres y su hermano, sus únicos parientes directos, quería contactar con ella, telefoneaba al bar de abajo para dejar el recado. Antonio, el dueño, la avisaba a ella por el telefonillo. Cuando sonaba en casa el antiguo y pesado aparato, casi una reliquia, Ana descolgaba el auricular sabedora de quién iba encontrar al otro lado: “¿Dígame?”. Ese era uno de los pocos contactos que mantenía con el exterior.

Durante este mes de marzo, su tímido ajetreo se calló para siempre. Los vecinos, que conocían sus rutinas, se extrañaron de que la mujer desapareciera de un día para otro. Pegaban la oreja en la puerta y en las paredes, pero no escuchaban nada. Ni el televisor, ni sus pasos cortos y arrastrados, ni la olla en la que calentaba agua para hacer sopa. Al cuarto día de silencio los vecinos llamaron a la policía. Los bomberos entraron en la casa forzando una ventana a la calle. En el interior encontraron el cadáver de Ana Conde caído en mitad del pasillo. Los bomberos del Ayuntamiento de Madrid ya han rescatado durante la pandemia los cadáveres de 62 ancianos que murieron solos. En toda la región, 847 personas han muerto en sus casas.

La mujer nació, vivió y murió en este mismo lugar. Décadas atrás, este viejo edificio de Tetuán, un barrio popular de Madrid, no existía. En los años cuarenta, sobre el terreno, se levantaba una taberna de una sola altura. Alberto Conde, el padre de Ana, entró a trabajar en ella de adolescente. Demostró que era listo y emprendedor. Los dueños le alquilaron el negocio cuando cumplió unos cuantos años más, y más tarde se lo vendieron. El hombre colocó un cartel en la fachada que debió de llenarle de orgullo: “Casa Alberto”.

Convirtió la vieja bodega en un salón de baile. La historia del barrio cuenta que la España de la posguerra bailó, bebió y se flirteó en Casa Alberto. A finales de los cincuenta, el propietario recibió una oferta que consideró generosa por parte de un constructor. El empresario demolería el negocio y levantaría de cero un edificio de cuatro plantas. A cambio le daría a Alberto un bar montado a pie de calle y un piso a elegir entre los seis construidos. El desarrollismo estaba a las puertas. Las ciudades crecían en vertical.

Alberto y su familia eligieron el 1º izquierda por sentido común. El edificio, rematado en 1960 según el catastro, no tenía ascensor. En ese apartamento de dos habitaciones y un pequeño patio interior donde tender la ropa se instaló el marido, su esposa Ángeles y los dos hijos del matrimonio, Alberto y Ana. La cocina, alicatada hasta media altura, el mobiliario y el baño de azulejos verdes que estrenaron ese año permanecerán idénticos, sin reformas ni cambios de estilo, hasta que los bomberos entren por la ventana 60 años más tarde.

La familia pasó de regentar un espacioso salón de baile a un diminuto bar de 40 metros cuadrados a los pies del edificio.

El bar nunca alcanzó la notoriedad del primer Casa Alberto, aunque daba para vivir.

En algún momento de la década de los setenta la historia de esta familia se comenzó a resquebrajar. La muerte repentina de Alberto, el padre, abrió una brecha. El testigo lo recogió su hijo. Le decían Tito. Se ocupaba de la barra y la caja con ayuda de Ángeles y Ana. El resto del tiempo, ellas lo pasaban de recados y llevándole tela a la modista de esa calle, Luisa Castro, para que les hiciera vestidos floreados a medida. Tito enfermó y murió.

Ana y su madre vivían de la pensión y del alquiler del bar. Comían allí a menudo, ellas apenas cocinaban. Su vida social se fue estrechando. Su círculo se limitaba al abogado que se ocupaba de sus papeles y la prima que regentaba el estanco. Ángeles murió en 2011 y fue enterrada en un nicho del cementerio sur de Carabanchel.

Tras la muerte de su madre, Ana se atrincheró en casa. Bajaba una vez al día al bar a por el menú que Antonio le preparaba ex profeso. Después dejó de hacerlo, y los camareros eran quienes se lo subían a casa.

— Anita, mujer, ve al cine, date una vuelta, vete de compras. No te pases la vida aquí encerrada, le decía Antonio.

— No me apetece, hijo mío.

Su blancura se volvió proverbial. Era casi transparente. Los rayos del sol no acariciaron esa piel en años. Antes de que España entera se encerrara en casa, Anita ya lo había experimentado. Ella inventó la cuarentena.

Mientras tanto, el bar se le quedó pequeño a Antonio. Su intención era comprar el local de al lado y unirlo. Antes tenía que convencer a Anita de que le vendiera el suyo. Ella solo se fiaba de una persona en este mundo: el abogado, cuyo padre asesoró al suyo. Como era de esperar, el abogado redactó el contrato de compraventa del bar, asesoró a Anita sobre sus fianzas y dejó todo en orden. De ahí en adelante, no debería preocuparse por su patrimonio. Podría surcar la vejez sin apuros.

La muerte encontró a Anita un día de principios del mes de marzo. Su cadáver fue uno de los primeros que los bomberos rescataron forzando puertas y ventanas por toda la ciudad cuando la covid-19 era ya una realidad en España. Anita inventó el confinamiento y más tarde fue pionera a la hora de morir sola, derrumbada en un pasillo, ante los ojos de nadie. Antonio el del bar, la modista Luisa Castro y el vecino Carlos Martínez, el niño impresionado ante un muerto vestido de domingo, ahora convertido en adulto, trataron de averiguar dónde iba a celebrarse el funeral de Anita Conde. Pero no lograron contactar con las sobrinas de su prima la estanquera, las únicas herederas.

Otro caso, durante esas semanas, el cadáver de un hombre de 58 años fue encontrado en un edificio de Alcorcón. Llevaba más de 20 días muerto. Vivía casi en la indigencia. Diez años atrás, un hermano suyo se quedó dormido fumando y quemó el colchón. Las paredes de la casa se llenaron de tizne. El hombre se instaló allí sin hacerle ningún arreglo a la casa. Se preparaba la cena ayudado de la linterna del móvil. Los vecinos se apiadaron de él porque lo conocían desde niño. Hacía vida social en un bar de al lado, a cuyo dueño le hacía los recados. Tenía fama de ser buen recadero.

Pueden leer el resto del reportaje completo en el enlace de EL PAIS:

https://elpais.com/espana/madrid/2020-05-21/solos-en-la-pandemia-y-en-la-hora-final.html