28/06/2022

Dos años hospitalizado por covid en L’Hospitalet: Gracias a la bendita sanidad pública me he salvado

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TAXISTA PORTADA

La Vanguardia

Reproducimos un extracto del artículo de Domingo Marchena pùblicado en La Vanguardia

Eduardo es taxista desde 1989. El 16 de marzo del 2020 saltaron sus alarmas internas. No tenía mucho sobrepeso. Mide 1,80 y entonces pesaba unos 86 kilos. Pero le encanta comer (sus platos preferidos: los calçots, caracoles a la llauna y cim i tomba, una receta típica de los pescadores de Tossa de Mar). Aquel día descubrió que no solo llevaba unos días con mucha fiebre, sino que había perdido el gusto. La comida no le sabía a nada. Se asustó.

El día 21 trabajó hasta las cuatro de la madrugada, pero a la mañana siguiente el malestar fue a más y llamó al 112. Una ambulancia lo recogió en el piso de El Prat donde tenía una habitación alquilada y lo condujo al hospital de Bellvitge. Fue uno de los contagiados en la primera ola de la pandemia. Está convencido de que contrajo el virus trabajando, llevando a alguien al hospital. Estuvo en la sala de espera y más tarde lo llevaron a semicríticos para acabar pasando tres meses en la uci, dos en coma.

Cuando despertó: “Parecía un preso de un campo nazi, un esqueleto. No tenía fuerzas ni para levantar la sábana”. Eduardo es diabético, pero no tenía otras patologías que agravasen el coronavirus. “Los médicos me han dicho que si hubiera sido fumador, ahora no estaría aquí. Y si no hubiera sido por ellos, tampoco”. “¿Por ellos?”. “Sí, por personas como Irene, la supervisora de enfermería del Duran i Reynals, y por tantos otros”.

Por doctoras, fisioterapeutas, sanitarios, auxiliares y personal de limpieza. Por Laia, una enfermera de la uci que lloró de alegría al verlo en planta fuera de peligro (por favor, Laia, si lees estas líneas ponte en contacto con Edu: quiere darte las gracias y no te localiza porque ahora trabajas en otro hospital). O como Gabi, Charo, Marta y Candi, que le cambiaba los pañales con la misma ternura que hubiera empleado para un familiar…

 Gracias a la bendita sanidad pública, me he salvado. Gracias al taxi ya había descubierto cuánto le debemos a los hospitales y al personal sanitario. Trasladó a parturientas y, una vez, a un obrero que se seccionó el brazo con una sierra. “Tiempo después, y hablamos de 1993 o 1994, regresé a su empresa a interesarme por él y me dijeron que le habían reimplantado el brazo”

FUENTE DE LA INFORMACIÓN LA VANGUARDIA